El Viernes Santo, la Iglesia Gnóstica rememora la muerte y el descenso al Hades de NSJC, Logos encarnado en la Tribu de Judá. La Iglesia Gnóstica no toma esta fecha sagrada como un momento de mortificación y sufrimiento, sino como una ocasión para la meditación y la introspección. 

Almanaque Gnóstico

Viernes Santo

La sexta festividad Santa (el Viernes Santo) es la mayor de las festividades de toda la tradición católica y está compuesta de varios niveles para comprenderla. La tradición antigua declara que en Getsemaní, Ieshuah fue entregado en manos de los Romanos y, no pudiendo encontrar en Él ninguna falta, lo crucificaron y acabó muriendo. Todos los discípulos quedaron confusos y entregados al mundo de las tinieblas. Con todo, la Gnosis enseña que Juan, el discípulo bien amado, se dirigió a la montaña más próxima a contemplar qué había ocurrido. Ieshuah apareció delante de él envuelto en una luz radiante y sonriendo ante el profundo sueño en el que los demás estaban inmersos. Fue entonces cuando Ieshuah reveló a Juan la plenitud de su Misterio.

El ritual del Viernes Santo de la Iglesia Gnóstica contiene antiguas enseñanzas gnósticas sobre los misterios de la eternidad, del verdadero fundamento filosófico de nuestra naturaleza estando dispuestos sobre un círculo. Como todas las enseñanzas gnósticas es preciso que sean experienciadas para ser del todo comprendidas. La imagen de la Cruz es el eje de este Misterio.

Lecturas

1º Lectura

Juan 18:1-40 (Biblia Peshitta)

(desde ángulo sudeste)

1 Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente Quedaron donde había un huerto, al cual entró Él con sus discípulos.
2 También Judas el traidor sabía de aquel lugar, porque en muchas ocasiones Jesús se había reunido en ese lugar con sus discípulos;
3 y Judas fue allí, guiando una compañía de soldados y guardias de parte de los principales sacerdotes y de los fariseos, que portaban lámparas, antorchas y armas.
4 Pero Jesús, que sabía todas las cosas que le habrían de sobrevenir, salió y les dijo: ¿A quién buscan?
5 Ellos le contestaron: A Jesús el nazareno . Jesús les dijo: Yo soy. Y se encontraba también junto con ellos Judas el traidor.
6 Al decirles Jesús: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron al suelo.
7 Luego Jesús les preguntó de nuevo: ¿A quién buscan? Ellos contestaron: A Jesús el nazareno.
8 Y Jesús les contestó: Les dije que yo soy. Si me buscan a mí, dejen ir a éstos
9 (para que tuviera cumplimiento la palabra que había dicho: “De los que me diste, no perdí ninguno”).
10 Entonces Simón Cefas, que traía una espada, la desenvainó e hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo tenía por nombre Malco.
11 Entonces Jesús dijo a Cefas: Guarda la espada en su vaina. La copa que mi Padre me ha dado, ¿no la he de beber?

Jesucristo comparece ante el concilio

12 Luego los soldados, los capitanes y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, y atándolo,
13 lo condujeron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, el sumo sacerdote aquel año.
14 Caifás fue el que aconsejó a los judíos que era conveniente que un hombre muriera por el pueblo.

Cefas niega a Jesucristo

15 Simón Cefas y otro de los discípulos iban siguiendo a Jesús, y siendo este otro discípulo conocido del sumo sacerdote, se introdujo al patio con Jesús,
16 pero Simón se quedó afuera, a la puerta. Entonces salió el otro discípulo conocido del sumo sacerdote y habló con la que cuidaba la puerta, e hizo entrar a Simón.
17 Entonces la criada que cuidaba la puerta dijo a Simón: ¿Eres tú también de los discípulos de este hombre? Él le contestó: No lo soy.
18 Y los siervos y los guardias se encontraban de pie calentándose junto a una fogata que habían hecho porque hacía frío, y Simón también se encontraba junto con ellos de pie, calentándose.

Jesucristo ante el sumo sacerdote

19 Habiendo el sumo sacerdote interrogado a Jesús respecto a sus discípulos y a su enseñanza,
20 Jesús le contestó: Yo he hablado al pueblo abiertamente, y siempre enseñé en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos. Nada he hablado en secreto.
21 ¿Por qué me preguntas a mí? Pregúntales a los que han escuchado lo que les he hablado; he aquí, éstos saben todo lo que dije.
22 Cuando dijo esto, uno de los guardias que estaba allí dio una bofetada a Jesús, y le dijo: ¿Así le contestas al sumo sacerdote?
23 Jesús le contestó, diciendo: Si he hablado mal, testifica del mal, pero si bien, ¿por qué me agredes?
24 Luego Anás envió atado a Jesús ante Caifás, el sumo sacerdote.

Cefas niega de nuevo a Jesús

25 Estando, pues, Simón Cefas de pie calentándose, le preguntaron: ¿No eres también tú uno de sus discípulos? Pero él lo negó, diciendo: No soy.
26 Uno de los siervos del sumo sacerdote, que era pariente de aquel a quien Simón le había cortado la oreja, le dijo: ¿No te vi con Él en el huerto?
27 Simón lo negó de nuevo, y al instante cantó un gallo.

Jesucristo es llevado ante Pilato

28 Entonces trasladaron a Jesús de la presencia de Caifás al Pretorio. Era al amanecer, pero ellos no entraron al Pretorio para no contaminarse antes de haber comido la Pascua.
29 Entonces Pilato salió hacia ellos, y les dijo: ¿Qué acusación presentan contra este hombre?
30 Ellos le contestaron, y dijeron: Si éste no fuera un malhechor, ciertamente no te lo habríamos entregado.
31 Pilato les dijo: Llévenlo ustedes y júzguenlo conforme a su ley. Los judíos le dijeron: A nosotros no nos es lícito dar muerte a nadie;
32 para que tuviera cumplimiento la palabra que Jesús había hablado, dando a entender de qué muerte iba a morir .

Pilato interroga a Jesucristo

33 Entrando entonces Pilato en el Pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos?
34 Jesús le respondió: ¿Dices eso por tu propia cuenta, o te lo han dicho otros de mí?
35 Pilato le contestó: ¿Acaso soy yo judío? Tu propia raza y los principales sacerdotes te entregaron a mí. ¿Qué has hecho?
36 Jesús le respondió: Mi reino no es de este mundo . Si mi reino fuera de este mundo, mis siervos lucharían para que no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no está aquí ahora.
37 Pilato le dijo: ¿Así que tú eres rey? Jesús le contestó: Tú dijiste que yo soy rey. Para esto nací y para esto vine al mundo, para testificar acerca de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz .

Jesucristo es sentenciado a muerte

38 Pilato le dijo: ¿Qué es la verdad? Y habiendo dicho esto, salió de nuevo a los judíos y les dijo: No encuentro delito alguno en Él.
39 No obstante, ustedes tienen la costumbre de que les suelte a uno en la Pascua. Así que, ¿quieren que les suelte a este rey de los judíos?
40 Entonces todos ellos gritaron, diciendo: ¡No a éste, sino a Barrabás! Y este Barrabás era un ladrón.

Es Palabra de Dios

2ª Lectura

Juan 19:1-42 (Biblia Peshitta)

(desde ángulo nordeste)

1 Entonces Pilato azotó a Jesús.
2 Luego los soldados entretejieron una corona de espinas y se la colocaron en la cabeza, vistiéndolo después con un manto púrpura .
3 Y le decían: ¡Paz a ti, rey de los judíos!, y lo abofeteaban.
4 Salió Pilato otra vez, y les dijo: He aquí, lo traigo afuera, frente a ustedes, para que sepan que ningún delito encuentro en Él.
5 Entonces Jesús salió afuera llevando puesta la corona de espinas y el manto púrpura, y Pilato les dijo: ¡He aquí al hombre!
6 Al verlo los principales sacerdotes y los guardias, gritaban y decían: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Pilato les dijo: Tómenlo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro ningún delito en Él.
7 Los judíos le dijeron: Nosotros tenemos una ley, y conforme a lo que está en nuestra ley Él merece la muerte , porque se hizo a sí mismo el Hijo de Dios .
8 Cuando Pilato escuchó esta palabra, tuvo todavía más miedo,
9 y entrando de nuevo al Pretorio, dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le contestó.
10 Pilato le dijo: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y tengo autoridad para crucificarte?
11 Jesús le dijo: No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te hubiera sido concedida de arriba . Por eso, el que me entregó a ti tiene mayor pecado que tú.
12 Por esta razón, Pilato pretendía soltarlo, pero los judíos gritaban: ¡Si sueltas a éste, no eres amigo del César!, porque todo el que se proclama rey se opone al César.
13 Entonces, cuando Pilato escuchó esto, hizo llevar afuera a Jesús, y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado El Empedrado, y que en hebreo se dice Gabata.
14 Era el día de la preparación de la Pascua, como a las doce del día. Entonces él dijo a los judíos: ¡He aquí su rey!
15 Pero ellos gritaban: ¡Llévatelo! ¡Llévatelo! ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Pilato les dijo: ¿He de crucificar a su rey? Los principales sacerdotes le dijeron: No tenemos más rey que el César.

La crucifixión de Jesucristo

16 Entonces lo entregó a ellos para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús y lo sacaron
17 llevando Él su cruz hasta el lugar que se llama La Calavera, y que en hebreo se dice Gólgota .
18 Allí lo crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús estaba en medio.
19 Pilato también escribió un letrero y lo colocó sobre la cruz; y así estaba escrito: ÉSTE ES JESÚS NAZARENO, EL REY DE LOS JUDÍOS.
20 Entonces muchos de los judíos leyeron este letrero, porque el lugar donde Jesús fue crucificado se encontraba cerca de la ciudad, y estaba escrito en hebreo, en griego y en latín.
21 Luego dijeron los principales sacerdotes a Pilato: No escribas: “Él es el rey de los judíos”, sino: “Él dijo: ‘Soy el rey de los judíos”’.
22 Pilato respondió: Lo que he escrito, he escrito.
23 Y cuando los soldados crucificaron a Jesús, le quitaron sus vestidos y los dividieron en cuatro partes, una parte para cada soldado. Pero su túnica era sin costura, tejida en una sola pieza.
24 Por eso se dijeron unos a otros: No la cortemos, sino echemos suertes sobre ella para ver de quién será. Y tuvo cumplimiento la Escritura que dice: “REPARTIERON ENTRE SÍ MIS VESTIDOS, Y SOBRE MI ROPA ECHARON SUERTES”. Estas cosas hicieron los soldados.
25 Y junto a la cruz de Jesús, estaban su madre, la hermana de su madre, Mariam la esposa de Cleofas y Mariam Magdalena.
26 Entonces, al ver Jesús a su madre y al discípulo a quien Él amaba que se encontraba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo.
27 Después dijo al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió consigo.

La muerte de Jesucristo

28 Después de esto, sabiendo Jesús que se había consumado todo, para que la Escritura tuviera cumplimiento, dijo: Tengo sed.
29 Había allí una vasija llena de vinagre, y ellos empaparon de vinagre una esponja, y colocándola en una rama de hisopo se la acercaron a la boca.
30 Habiendo Jesús recibido el vinagre, dijo: He aquí, consumado es; e inclinó su cabeza y entregó su Espíritu.

PAUSA REVERENDÍSIMA

El costado de Jesucristo es traspasado

31 Entonces los judíos, por cuanto era el día de la preparación, dijeron: Que no pasen la noche estos cuerpos en sus cruces, porque al amanecer es día de reposo. Y debido a que aquel día de reposo era muy solemne, pidieron a Pilato que quebraran las piernas a los que habían sido crucificados y que fueran bajados.
32 Entonces vinieron los soldados y quebraron las piernas al primero, así mismo al otro que había sido crucificado junto con él,
33 pero al llegar a Jesús, viéndolo ya muerto, no le quebraron las piernas.
34 Y uno de los soldados le hirió el costado con una lanza, y al momento salió sangre y verdad para que también ustedes crean,
36 porque estas cosas acontecieron para que tuviera cumplimiento la Escritura que dice: “NO SERÁ QUEBRADO HUESO SUYO”.
37 También otra Escritura que dice: “MIRARÁN AL QUE TRASPASARON”.

Jesucristo es sepultado

38 Después de estas cosas, José de Arimatea, por cuanto era de Jesús, pero en secreto por temor a los judíos, pidió a Pilato que le permitiera llevarse el cuerpo de Jesús, y Pilato le otorgó el permiso. Enseguida fue y se llevó el cuerpo de Jesús.
39 También fue Nicodemo, el que anteriormente había visitado a Jesús por la noche, llevando con él una mezcla de mirra y áloe, aproximadamente cien libras.
40 Y tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en telas de lino con las especias aromáticas, conforme a la costumbre de sepultar de los judíos.
41 En el lugar donde Jesús fue crucificado estaba un huerto, y en el huerto estaba una tumba nueva en la cual nadie había sido colocado todavía.
42 Allí, pues, colocaron a Jesús, porque el día de reposo se aproximaba, y la tumba estaba cerca.

 

Es Palabra de Dios

Comentario

La liturgia de hoy nos sitúa ante el «crucificado». Y no un crucificado hace dos mil años sino ante los miles y cientos de miles de crucificados de todos los tiempos.

Quizás nuestra liturgia tiene poco en cuenta este hecho. Queda muy centrada en la Pasión de Jesús como hecho que recordamos. Todo puede quedar en un simple rito: hoy recordamos la muerte, y mañana celebraremos la resurrección. Podría parecer un juego.

Pero la celebración del viernes no es un juego, ni un simple rito ni un simple recuerdo. Jesús es el Hombre, y la pasión del Hombre desgraciadamente no ha terminado sino que continúa presente en cada ser humano juzgado y condenado. Pero digamos enseguida que tampoco se ha terminado la resurrección.

Esta dimensión abierta en el tiempo y en el espacio viene claramente sugerida por un «detalle» que ponen todos los evangelios y que demasiado a menudo descuidamos: Jesús es crucificado junto con dos condenados más.

Es posible que también nosotros, en algunas situaciones, nos sintamos juzgados, condenados o atormentados. Con todo, debemos ser conscientes de que, cuando se trata de nosotros mismos, es fácil equivocarse. Los psicólogos hablan del «complejo de perseguido». Es un complejo bastante frecuente.

En caso de una persecución real, el ejemplo de Jesús señala el camino a seguir. «Padre: perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34). O lo que anota Mateo: «Jesús, volvió a gritar con toda la fuerza, y expiró» (Mateo 27,50). Este «gritar» y «expirar» tienen un sentido pleno: significa dar la vida por completo, hasta el último aliento; hasta la última brizna de vida. El evangelio de Juan nos dice lo mismo con una expresión aún más gráfica: un lanza abrió el corazón de Jesús y enseguida salió sangre y agua (Juan 19,34). Son descripciones elocuentes para poner de manifiesto el significado de la muerte de Jesús: Jesús se entrega incluso a quien quiere venderlo (Juan 13,26).

Vivida desde Jesús, la vida entregada constituye su resurrección; vivida desde nosotros, esta vida entregada puede ser acogida; así nace la comunidad. En la comunidad, el Resucitado se hace de tal manera presente y visible que San Pablo puede escribir a los cristianos de Corinto: Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro (1ª Corintios 12,27). Y también: Ya no vivo yo; es Cristo quien vive en mí (Gálatas 2,20).

Plegaria Universal

  • Por la santa Iglesia
    Oremos, queridos hermanos, por la santa Iglesia de Dios, que nuestro Dios y Señor le conceda la paz y la unidad, se digne protegerla en toda la tierra, y nos conceda glorificarlo con una vida calma y serena.
    Oración en silencio.
    Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
    Dios todopoderoso y eterno, que en Cristo has revelado tu gloria a todas las naciones: protege la obra de tu misericordia, para que la Iglesia, extendida por toda la tierra, persevere con fe inquebrantable en la confesión de tu Nombre.
    Por Jesucristo, nuestro Señor.
    Amén.
  • Por el pueblo de Dios y sus ministros
    Oremos también por nuestro obispo N.*, por todos los obispos, presbíteros y diáconos de la Iglesia, y por todo el pueblo santo de Dios.
    Oración en silencio.
    Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
    Dios todopoderoso y eterno, que con tu Espíritu santificas y gobiernas a la Iglesia, escucha nuestras súplicas por tus ministros para que, con ayuda de la gracia, todos te sirvan con fidelidad.
    Por Jesucristo, nuestro Señor.
    Amén.
  • Por los catecúmenos
    Oremos también por (nuestros) los catecúmenos: que Dios nuestro Señor abra los oídos de sus corazones y les manifieste su misericordia, de manera que, perdonados sus pecados por medio del agua bautismal, sean incorporados a Jesucristo.
    Oración en silencio.
    Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
    Dios todopoderoso y eterno, que fecundas sin cesar a tu Iglesia con nuevos miembros; acrecienta la fe y la sabiduría de (nuestros) los catecúmenos, para que, renacidos en la fuente bautismal, sean contados entre tus hijos.
    Por Jesucristo, nuestro Señor.
    Amén.
  • Por la unidad de los cristianos
    Oremos también por todos nuestros hermanos que creen en Cristo; para que Dios nuestro Señor reúna y conserve en su única Iglesia a quienes procuran vivir en la verdad.
    Oración en silencio.
    Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
    Dios todopoderoso y eterno, que congregas a quienes están dispersos y conservas en la comunión a quienes ya están unidos, mira con bondad el rebaño de tu Hijo, para que la integridad de la fe y el vínculo de la caridad reúnan a los que han sido consagrados por el único bautismo.
    Por Jesucristo, nuestro Señor.
    Amén.
  • Por quienes no creen en Cristo
    Oremos igualmente por quienes no creen en Cristo, para que, iluminados por la Espíritu Santo, ellos también puedan encontrar el camino de la salvación.
    Oración en silencio.
    Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
    Dios todopoderoso y eterno, concede a quienes no creen en Cristo que, viviendo en tu presencia con sinceridad de corazón, encuentren la verdad; y a nosotros, danos progresar en la caridad fraterna y en el deseo de conocerte mejor para ser, ante el mundo, testigos más auténticos de tu amor.
    Por Jesucristo, nuestro Señor.
    Amén.
  • Por quienes no creen en Dios
    Oremos también por quienes no conocen a Dios, para que, buscando con sinceridad lo que es recto, puedan llegar hasta él.
    Oración en silencio.
    Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
    Dios todopoderoso y eterno: tú has creado al hombre para que te buscara con ansia y hallara reposo al encontrarte; concede que todos, aun en medio de las dificultades, por los signos de tu amor y el testimonio de los creyentes, se alegren al reconocerte como único Dios verdadero y Padre de todos los hombres.
    Por Jesucristo, nuestro Señor.
    Amén.
  • Por los gobernantes
    Oremos también por los gobernantes de las naciones, para que Dios nuestro Señor guíe sus mentes y sus corazones, según su voluntad, hacia la paz verdadera y la libertad de todos.
    Oración en silencio.
    Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
    Dios todopoderoso y eterno, en cuyas manos están los corazones de los hombres y los derechos de las naciones, asiste con bondad a nuestros gobernantes para que, con tu protección, afiancen en toda la tierra la prosperidad de los pueblos, la paz duradera y la libertad religiosa.
    Por Jesucristo, nuestro Señor.
    Amén.
  • Por los que sufren
    Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso por todos los que sufren las consecuencias del mundo, para que aleje las enfermedades, alimente a los que tienen hambre, redima a los encarcelados, libere de la injusticia a los oprimidos, dé seguridad a los viajeros, conceda el regreso a los ausentes, la salud a los enfermos y la salvación a los moribundos.
    Oración en silencio.
    Prosigue el sacerdote, con las manos extendidas:
    Dios todopoderoso y eterno, consuelo de los afligidos y fuerza de los atribulados; lleguen hasta ti las súplicas de los que te invocan en cualquier necesidad, para que puedan alegrarse al experimentar la cercanía de tu misericordia.
    Por Jesucristo, nuestro Señor.
    Amén.

Comunión

 Sobre el altar se extiende el mantel y se colocan el corporal y el Misal. Luego el diácono o, en su defecto, el mismo sacerdote, con el velo humeral trae el Santísimo Sacramento desde el lugar de la reserva por el camino más breve, mientras todos permanecen de pie y en silencio. Una vez colocado el Santísimo Sacramento sobre el altar y descubierto el copón, el sacerdote se acerca, hace genuflexión y sube al altar.

El sacerdote, con las manos juntas, dice en alta voz:

Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:

El sacerdote con las manos extendidas continúa junto con el pueblo:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

El sacerdote, con las manos extendidas, prosigue él solo:

Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

Junta las manos. El pueblo concluye la oración, aclamando:

Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

El sacerdote hace genuflexión, toma una hostia consagrada y comulga. Después distribuye la comunión a los fieles.

PAUSA DE REFLEXIÓN.

Después el sacerdote dice: Oremos; según las circunstancias, se hace una pausa de sagrado silencio; luego el sacerdote dice la siguiente oración:

Dios todopoderoso y eterno, tú nos has redimido por la santa muerte y la resurrección de Jesucristo; mantén viva en nosotros la obra de tu misericordia para que, por la participación de este misterio, permanezcamos dedicados a tu servicio.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

Continúa con las manos extendidas hacia el pueblo:

Te pedimos, Señor, que descienda una abundante bendición sobre tu pueblo, que ha recordado la muerte de tu Hijo con la esperanza de su Resurrección. Llegue a él tu perdón, concédele tu consuelo, acrecienta su fe y asegúrale la eterna salvación.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

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